Ucrania y el euromaidán


| OPINIÓN |

En el conflicto de Ucrania la población europea está siendo testigo de un espectáculo insólito. No sólo por la sorprendente existencia de anhelos europeístas en plena etapa de cuestionamiento al proyecto comunitario, sino por el férreo apoyo de los mandatarios europeos al clamor de las plazas ucranianas.

Es lógico pensar que los mismos líderes que rechazaban de pleno las reivindicaciones críticas contra las instituciones europeas de los ciudadanos PIIGS, respalden incondicionalmente la que hasta ahora ha sido la única manifestación popular a favor de la Unión. En la retórica del euromaidán no tienen cabida los términos austeridad ni deuda, pero sí solidaridad, prosperidad y progreso. Son precisamente los valores europeos los que han vertebrado desde el principio las protestas en Kiev contra la decisión del presidente Yanukóvich de optar por Putin y su futura Unión Euroasiática.

Protestas proeuropeas en la plaza de la Independencia de Kiev

No obstante, la reivindicación inicial ha sido adulterada a lo largo de su desarrollo por la convulsa realidad social de un país dividido. Son dos nacionalismos los ejes enfrentados en esta disputa: el ucraniano, favorable a un futuro europeo; y el ruso, reticente con Occidente y partidario de la Unión Aduanera.

Sin embargo, la división no se queda ahí, pues dentro del bando ucraniano pro-europeo se aglutinan tres grupos parlamentarios y una buena tanda de personalidades nacionales sin enmarcar en ninguna opción política. De un lado, la formación Patria –de la actualmente encarcelada Yulia Timoshenko– es la que lidera junto a UDAR (Alianza Ucraniana Democrática por las Reformas), encabezada por el boxeador Vital Klitschko, la facción pacífica de las protestas además del diálogo con el gobierno ucraniano, con el que ambas formaciones se reunieron el viernes. Por otra parte, partidos como el ultraderechista Svoboda capitanean la deriva violenta del movimiento y centran su discurso más en un rechazo a las políticas pro-rusas de Yanukóvich que en el anhelo de integración europeo.

Es igualmente reseñable el posicionamiento de voces como Rinat Akhmetov, el hombre más rico de Ucrania, o Petro Poroshenko, importante hombre de negocios y diputado independiente. El primero, oligarca más cercano a la órbita rusa, reivindica el carácter pacífico de los manifestantes. Por su parte, Poroshenko, en una entrevista concedida a RTVE afirmó que las protestas no eran “contra Rusia ni contra nadie, sólo quiero modernizar mi país”. Es cierto que en un escenario económico europeo, la prosperidad para el sector empresarial está asegurada, pero no es fácil –ni barato– para un país en la posición geográfica de Ucrania y con sus características energéticas dar portazo al gas ruso. También hay que tener en cuenta el juego de influencias de las oligarquías empresariales ex-soviéticas en las decisiones políticas del país.

En cualquier caso, la respuesta occidental ha sido clara: un apoyo general al anhelo de integración europea. La fundación Konrad Adenauer de la CDU (Unión Democrática Cristiana) de Merkel ha expresado su claro respaldo a la UDAR de Klitschko. Con respecto a EEUU, John Kerry criticó duramente la violenta respuesta que dio el gobierno ucraniano a las manifestaciones, y el senador republicano John McCain, de visita en Kiev, se ha mostrado orgulloso de los ucranianos y su “resistencia en pro de la democracia”.

Posiciones contundentes que pueden interpretarse igualmente como respuesta frontal a otra nueva intentona de Putin de reforzar la hegemonía rusa en su entorno, ampliando su esfera de poder.

De cualquier manera, la deriva política de los acontecimientos parece estar ya escrita. Ayer una nueva y masiva manifestación (400 000 personas según los manifestantes, 20 000 según la policía) llenó la Plaza de la Independencia de Kiev. Horas más tarde, el comisario europeo de Ampliación, Stefan Füle aseguró que los trabajos para establecer un acuerdo entre Ucrania y la UE “están suspendidos” tras no haber recibido un “compromiso claro” por parte de Yanukóvich.

Los días que quedan hasta el 17 de diciembre, fecha en que se firma el acuerdo aduanero entre Rusia y Ucrania, dirán si la presión de la calle y la oposición es capaz de condicionar el futuro internacional ucraniano.

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Categorías:Internacional, Opinión

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