La prostitución educativa


| OPNIÓN |

  • El placer mutuo Estado-sociedad en la educación superior ha dejado de existir.
  • El Estado está debilitando progresivamente las universidades para poder pervertirlas moralmente.

Los estudios deberían ser un placer vital. Un placer vital mutuo, tanto para los estudiantes como para los gobiernos, quienes deberían estar orgullosos de disponer de un sistema público universitario dotado de recursos para fortalecer y madurar a la sociedad. Desgraciadamente el placer mutuo está convirtiéndose en un ejercicio práctico de prostitución. Prostitución construida a golpe de decisiones maquiavélicas.

Para ello ha sido necesario fraguar un plan previo de privatizaciones y limitaciones de recursos. Y no hablamos de teorías conspirativas elaboradas por oscuras figuras que se mantienen en la sombra. No. Hablamos de prácticas gubernamentales tan relucientes como la propia luz del sol. A las pruebas nos remitimos: menor dotación presupuestaria, esto es menos becas, profesorado, investigación, desarrollo, innovación y recursos materiales (entre los cuales, la destrucción de estudios que “no cumplen con los mínimos por aula”). Limitar un placer universal tanto como sea posible. Objetivo conseguido.

Como en la prostitución, es necesario tener un sujeto débil para poder aprovecharse de él.

Poco a poco se está debilitando la universidad como elemento social de cohesión.

Construidos los cimientos en la destrucción de una relación bilateral de placer, se está procediendo a la edificación del negocio de la perversión de la educación superior en nuestro país. Que se fomente el empleo en los centros universitarios es algo tan práctico como quizás necesario, pero de esto a que las grandes empresas pasen a controlar el sistema, implícita o explícitamente, va un trecho. Si antes las universidades trabajaban el ‘saber por el saber’, ahora se ven cada vez más obligadas a elaborar estudios de investigación a la carta para las multinacionales. Pero no solo eso. Los estudiantes debemos introducirnos en el mercado laboral a través de unas prácticas curriculares firmadas a golpe de convenio, llevadas a la práctica cual sistema de producción en cadena. Una producción en la que los alumnos somos tratados como piezas de un engranaje enfocado a formar plantillas de becarios trabajando gratuitamente y con escasa proyección futura dentro de la empresa en cuestión.

Pero estamos de enhorabuena: si lo nuestro no es la prostitución callejera, nos han dejado la opción de recurrir a la prostitución de lujo. Los másteres. Por lo visto, en este estadio sí que se nos está permitido vivir por encima de nuestras posibilidades y gastar todo el dinero que no hemos tenido ni para pagar una carrera universitaria cada vez menos financiada por el Estado. Los másteres están siendo reconducidos por los más altos estrategas del proxenetismo. Hubo una época en que los másteres eran un proceso de adquisición de conocimientos sufragado en parte por la empresa, una de las funciones de la cual era invertir dinero en la formación de los trabajadores. Pero los dirigentes actuales han dado la vuelta a la situación, queriéndonos hacer creer que un título universitario es algo de lo más banal y que debemos competir entre nosotros para gastar el máximo dinero posible en lo que sea, con tal de llenar nuestro currículum a cualquier precio. Pervertimos nuestras actitudes al competir entre nosotros hacia un camino de prácticas empresariales precarias e inciertas a cambio de un previo desembolso económico que no hace más que acentuar la diferencia e injusticia sociales. No, señores: así no.

Me gustaría poder estudiar por placer, en una relación mutua de estimulación social. Pero no solo no es así, sino que me hacen ser víctima de una prostitución impuesta. Una prostitución que, para más inri, actúa en sentido contrario: el estudiante paga para que el Estado-empresa sienta el placer de sentirse victorioso. La generación de los veintitantos deberíamos estar luchando por nuestros derechos a través de unos ideales que cada día que pasa son más utópicos. Pero el sistema genera mecanismos de anestesia que nos hacen caminar hacia un rebaño ciudadano cada vez más individualista. Como en tantos otros ámbitos de la sociedad actual, debemos hacer una pausa colectiva y reflexionar. Y para ello disponemos de nuestros centros universitarios, los cuales deben volver a convertirse en ese espacio de debate y de diálogo placenteros; un espacio en el que lo teórico sirva para construir una sociedad libre y no un lupanar ideológico y moral lleno de perversiones ideológicas de la mano de una minoría dirigente que actúa al más puro estilo proxeneta. La prostitución será quizás el oficio más antiguo del mundo, pero el saber nos hace humanos y, con ello, imparables. Luchemos por lo que queremos. Pero luchemos ahora, antes que sea demasiado tarde.

El mercado laboral debe reflejar miles de caminos y alternativas, no un único sistema precario y poco incentivador.

Debemos luchar contra un mercado laboral perverso e ignominioso desde centros universitarios fortalecidos y no debilitados, cual ejercicio proxeneta rastrero de prostitución callejera.

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Categorías:Nacional, Opinión, política

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