A palabras necias…


| OPINIÓN |

Cristiano Ronaldo y Joseph Blatter durante la gala del Balón de Oro 2012 | Foto: Ecuavisa

Cristiano Ronaldo y Joseph Blatter durante la gala del Balón de Oro 2012 | Foto: Ecuavisa

Dice el refrán que “aquel que ríe el último, ríe mejor”. O que el tiempo acaba poniendo a todos en su lugar. Más o menos, ambas cosas vienen a significar lo mismo o algo parecido. Pero como del dicho al hecho -ya lo digo siempre- hay mucho trecho, el presente, mientras tanto, lo marcan las estadísticas de unos y otros con las consecuentes declaraciones burlescas que conlleva el referirse a ellas. Que Blatter se coronó con su perfecta mímica de gusto y gracia la justa, lo saben hasta en Oceanía. Pero oye, que la vida está para servirla de sonrisas y buenos momentos. E imagino que el presidente de la FIFA alguna de esas/os produjo, eso sí, sobre todo a posteriori.

Y es que se fue a reír de quien no debía. Aparentando el machotismo del que en la escuela tiene a su corrillo de sumisos, pero que está en una segunda o tercera fila dentro del rango de popularidad, Blatter encargaba el quinto Balón de Oro de Messi al tiempo que simulaba los andares disciplinados y el rostro impasible de un Cristiano Ronaldo odiado ya hasta por el máximo representante –en lo que a cargo político se refiere- del fútbol internacional.

El palmarés. Y la buena facha. Cosas, a priori, tan superficiales como esas, son las que calan en el espectador y perduran por los siglos de los siglos. El otro día lo hablaba con alguien: “Da igual que Cristiano se merezca este u el otro Balón de Oro, que Messi tenga uno de ellos ‘sucio’ –que diría Mourinho-, al final, cuando hayan pasado treinta años, mis hijos hablarán del argentino como del mejor jugador de la historia y del otro como del chulo que sólo llegó a ganar uno de los dorados”. Y esa es la realidad. Que duele, sí, pero míralo por el lado positivo: unos se crecen ante la adversidad; disfrutan con la crítica.

Llegados a tal punto, creo acertado afirmar que el sentimiento con el que Cristiano Ronaldo afronta tal ninguneo sin argumentos, es compartido por el resto de sus semejantes. Por nacionalidad, por colores o por simple admiración. ¿A quién no le gusta lo prohibido? No lo nieguen: parece que existiera alguna máxima a modo de losa para evitar elevar al portugués al nivel que le corresponde. Y eso que él se crece ante la adversidad.

Una conducta fundada en la más absoluta profesionalidad. La profesionalidad del humilde en términos de origen. Yo soy de los que piensa que Cristiano se gasta una coraza que a muchos les impide ver más allá. Y no soy yo el que va a enumerar ahora los actos de buena fe y gestos que distinguen a este jugador como un personaje de lo más humano, lejos de todo el morbo que suscita su nombre. Porque para definirle está el fútbol, que es, al fin y al cabo, con lo que se gana la vida.

Dentro del campo vive en revancha continua, con críticos y detractores; consigo mismo. Es una batalla perpetua, una lucha constante de superación. ¿Cuántas veces nos preguntamos por el techo de Cristiano? Yo creo que hace tiempo que dejamos de hacerlo; ahora nos limitamos a disfrutar. Porque, no se sabe si de forma directa o indirecta, ya sea por obligación o siguiendo su tentativa egocéntrica frente a esos críticos y detractores, los precios desorbitados que se pagan en nuestro fútbol parecen menos cuando se pagan por ver a Cristiano. He ahí la profesionalidad de la que hablo.

Y Blatter debería estar agradecido por ello. Como espectador y como socio de honor del Real Madrid, puesto que, si hoy su organismo se sostiene entre chanchullos de organización y desorganización de eventos mundiales, es en parte, gracias a la credibilidad que profesionales como Cristiano Ronaldo le aportan a este deporte, al fútbol. Al fútbol como deporte, no al fútbol de trapicheos y acuerdos por debajo la mesa.

Sea por lo que fuere, por una campaña pro-Messi o por el afán de protagonismo del que no acostumbra al vitoreo, las intenciones de Blatter parecen haber quedado trastocadas. No se sabe si buscaba hacer mella en el rendimiento de Cristiano o si su burla iba dirigida a ese aclame pretendido o al reconocimiento del argentino como ejemplo a seguir. Lo cierto es que el niño bueno está más callado que nunca, menos rápido y exuberante de lo normal.

Mientras, el guaperas sigue gastándose lo mismo semanalmente –si no a diario- en peluquería, y sobre el césped, ni rastro del efecto que muchos presumieron tras las declaraciones de Blatter. Es más, el despotismo y la jerarquía que engalanan su pose siguen intactos. Ellos son la base sobre las que se apoyan sus números y el apremio de su hinchada. Cuesta creerlo, pero Cristiano no es perfecto. Él, Portugal y el madridismo lo saben de sobra, conocen sus defectos. No me extraña que a veces guste más el 9,75 que el 10, el 1-0 que el 5-0. Porque Ronaldo, siendo imperfecto, en su bando es un bendito y eso no admite réplica. Y menos jocosa, venga de donde venga.

Por: Alber Gaitán

Sígueme en Twitter: @albeR_gaitan

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Categorías:Fútbol, Opinión

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