Lampedusa, la vergüenza de lo inhumano


| OPINIÓN |

Más de 200 inmigrantes han muerto en el incendio de una embarcación que trataba de llegar a la costa italiana, hasta la isla de Lampeusa, después de que el barco fue interceptado por hasta tres embarcaciones que negaron el auxilio a los náufragos. Los inmigrantes supervivientes han sido multados, mientras las víctimas mortales han recibido la nacionalidad italiana.

Cuál era mi sorpresa, señoras y señores, cuando comentando con una compañera la tragedia sucedida en Lampedusa ésta me decía: “No sé de qué te espantas, Teresa, si eso pasa todos los días pero en vez de morir trescientos, mueren tres”. No es que me haya sorprendido el comentario, es que sinceramente, me ha molestado. El agravio es consecuencia de que este tipo de sucesos tan trágicos se han convertido en cotidianos, y que ya no nos sorprende pensar que cada año mueren miles de personas en las aguas a consecuencia de la búsqueda de una vida mejor, que fíjense, es pura utopía. Ni sorpresa, ni angustia. Quizás sí pena, inevitable tristeza, pero acompañada de un “siempre igual”. Y eso es lo que indigna, pero además asusta. Estamos inmunizados, ya no sentimos nada ante este tipo de tragedias. Nos estamos deshumanizando.

Pero lo que es peor, hemos comenzado a mirar hacia otra parte. Llevamos años escuchando noticias de manera intermitente sobre cayucos y embarcaciones que llegan a las costas europeas repletos de personas desesperadas dispuestas a dar sus vidas a la mar apostando por el puro azar y la esperanza. Navegan días y días, son interceptadas y a consecuencia del miedo, muchos de los que ahí se encuentran arrojan sus cuerpos al agua rezando con llegar a la costa a la deriva. Los supervivientes, son deportados a sus países de origen y, además, multados por inmigración clandestina. Paradójicamente, en el caso de la tragedia siciliana, las “reglas del juego” no han sido así: la embarcación fue avistada por hasta tres barcos, los cuales negaron el auxilio y la ayuda a medio millar de náufragos a la deriva. Esta repulsiva acción, por buscar un adjetivo aceptado dentro de los límites del buen lenguaje, viene acompañada por un puntilla, una risa en la cara de la desgracia, como ha sido la nacionalización italiana de las víctimas mortales del suceso, mientras el resto esperan en barracones de acogida a ser deportados de vuelta a su país. Sin olvidar las denuncias existentes  de pesqueros testigos de la zona hacia las autoridades italianas –Guardia Costera, Guarda de Finanzas y Capitanía del puerto- por tardar más de dos horas en acudir al lugar de los hechos desde que se diera la voz de alarma, y por llevar a cabo el “rescate” con soberana lentitud. Parsimonia exagerada o no, como respuesta a las amenazas, ha salido a relucir el protocolo de asistencia. Sin dejar de defender la necesidad de una serie de normas que rijan y guíen por igual la resolución de según qué tipo de situaciones, yo me pregunto: ¿existe acaso un protocolo que prohíba salvar vidas cuando aún se puede?

Un velatorio nocturno, un trozo de tierra, un número y una caja de madera. Esa es la respuesta al suceso. ¿Esa es la respuesta? ¿De verdad? Tal y como nombra el diario El País en uno de sus artículos destinados al análisis de lo sucedido, la alcaldesa de Lampedusa, Giusi Nicolini, en una carta a la Unión Europea remitida a consecuencia de los constantes naufragios y muertes de fugitivos inmigrantes en la isla –cuyos datos aproximados se acercan a los 8.000 muertos frente a Lampedusa-  decía: “¿Cuán grande tiene que ser el cementerio de mi isla?”. Pero es que su isla no es la única. Son muchos los puntos de destino en las costas mediterráneas hasta donde personas, del continente africano mayoritariamente, tratan de llegar. Y son muchos los que no lo consiguen.

Y aquí nadie dice nada. Solo asociaciones y organizaciones de asistencia y acogida de inmigrantes dan la cara y alzan la voz por ellos. En cierto modo, son ellos los que viven junto a todas esas personas los rescates y auxilios, y son los mismos que escuchan, ven y tocan el verdadero drama. Pero es indigno, vergonzoso, inhumano, repulsivo, asqueroso, que haya gente con cargos políticos y potencial legislativo que puede ayudar a solventar y acabar con esto, que sea capaz de mirar hacia otra parte, o que incluso legislen con leyes que favorezcan a la tragedia. Pero claro, no sé de qué te espantas, Teresa, si es lo de siempre: cuando toca, toca y se habla de ello, pero si no, chitón.

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Categorías:Internacional, Opinión

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1 respuesta

  1. Pena siento por aquellos que, intentando salir de la tragedia de su propia vida, embarcan en busca de un futuro mejor…. de un futuro desconocido…. de un futuro que se queda, en muchas ocasiones, muerto en medio de su presente más dramático.

    Vergüenza ajena siento cuando veo lo paradójico de la vida…. y de las leyes de algunos países: te mueres y te nacionalizo pero vives, te vas a tu casa y encima te multo.

    Indignación siento cuando me entero que, quienes podrían ayudar a minimizar tamañas tragedias echando, simplemente, cabos o salvavidas y colaborando en el rescate de las víctimas, prefieren no ayudar a los naúfragos para evitar ser sancionados….. porque así está estipulado en sus leyes.

    Por éso admiro y felicito al único pescador que, aun a riesgo de ser penalizado, puso en la balanza el valor y la humanidad con mucho mayor peso que la posible sanción futura, y que consiguió salvar a más de 40 personas. Y que hoy, en una pequeña entrevista televisada, ha reconocido con ojos emocionados que “podrán sancionarlo o encerrarlo pero que nunca conseguirán taparle la boca”.

    Nunca entenderé que, ante un drama como el de Lampedusa, haya gente que prefiera mirar para otro lado…. pero éso va en la conciencia de cada uno, independientemente de mi opinión personal; pero menos comprendo que sean las propias leyes las que empujen al ser humano a actuar de esa manera.

    Nunca entenderé que se pongan límites a algo que se llama “humanidad”.

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