El móvil


| OPINIÓN |

El móvil rojo con teclas verdes comenzó a vibrar en el asiento del autobús, haciendo sonar la canción de moda de aquel verano. Al lado, el hombre de gafas negras lo oyó, lo sostuvo en la palma de la mano como si fuera un pajarito caído del nido y leyó en la pantalla Llamando. Número privado.

La música de la canción de moda de aquel verano dejó de sonar cuando el hombre de gafas negras apretó la tecla cuya función era Descolgar.

Contestó, y una voz de mujer que mezclaba la angustia, la prisa y la desesperación le preguntó que si ya se lo había dicho a su mujer, que si por fin había puesto las cartas sobre la mesa y que si la dejaría para irse con ella. El hombre de las gafas negras, con voz sorprendida, contó que el teléfono móvil, uno rojo con teclas verdes, no era suyo, que se lo acababa de encontrar en el asiento de autobús y que él no era quien ella se imaginaba. “Señorita, o señora, me confunde con otra persona, usted perdone, si la puedo ayudar le doy el móvil al conductor del autobús y tratarán de solucionar este…” Ella no le dejó continuar. “Sí eres tú, hijo de la gran puta. Me sigues engañando como lo has hecho siempre. Eres un mentiroso, le pones los cuernos a tu mujer conmigo, a mí me dices que la dejarás y…ya estoy harta, esto no tiene ningún sentido. ¿Sabes que te digo? Que no te voy a dar ninguna oportunidad más. Se acabó. Estoy en la baranda del Puente de La Salud y voy a saltar. Yo lo dejé todo por ti y así me lo pagas, cabronazo. Eres un cabrón. Adiós”. Y se cortó la comunicación en el móvil rojo con teclas verdes.

El papel de fumar hubiera sido menos blanco que el rostro del hombre de gafas negras. Miraba el teléfono como queriendo adivinar en su interior la identidad de esa mujer que estaba amenazando con suicidarse, o quizá ya lo había hecho. Por más que miraba, sólo veía la hora en la pantalla y las teclas verdes sobre fondo rojo.

“Jefe, tiene que seguir andando hasta la siguiente parada.” Era el conductor quien le hablaba. El hombre oyó su voz como saliendo de las profundidades del sueño y vio que todos los pasajeros habían desaparecido y el autobús estaba parado en un atasco de tráfico. “¿Qué pasa?”, preguntó el hombre de las gafas negras que aún tenía en la mano el móvil rojo de teclas verdes. “La Policía ha cortado el tráfico a la entrada del Puente de la Salud, creo que es un accidente, quizá alguien se haya tirado, algo pasa y no nos dejan seguir”.

Se guardó el móvil en el bolsillo, se levantó de su asiento y bajó del autobús, sin decir nada al chófer, que lo vio alejarse entre el atasco, sorteando vehículos privados, coches de Policía y una ambulancia con las luces naranjas encendidas.

En el bolsillo del pantalón tejano del hombre de las gafas negras comenzó a vibrar el móvil rojo con teclas verdes haciendo sonar la canción de moda de aquel verano. En la pantallita aparecía escrito un nombre de mujer. “Sí cariño”, contestó, “ya voy para casa, ¿paso antes a buscar el pan? Vale, ¿y los niños? ¿Cómo les ha ido hoy el cole? Vale guapa. ¿Qué? Sí mi amor, yo también te quiero. Mucho”.

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