Trabajo


| OPINIÓN |

Erase una vez, un joven llamado Enrique que vivía felizmente con sus padres, ya entrados en años, en una ciudad española. Enrique salía poco de casa porque lo que más le gustaba era pasarse horas y horas conectado a Internet y navegando por las redes sociales, sobre todo Facebook. Se podría decir que Enrique era un adicto. De ésta forma se relacionaba con sus amigos, con gente a la que había conocido a través de la red y veía satisfechas sus necesidades sociales y sus pasatiempos a través de los juegos y entretenimientos.

Enrique tenía muy pocos motivos para salir de su casa. El más importante era ir a la oficina de empleo para sellar el carnet de paro. Cuando aquel lunes, tras guardar casi 50 minutos de cola, la funcionaria del INEM le entregó una oferta de trabajo, Enrique tuvo la sensación de que se le abrían las puertas del infierno.

Se presentó en la fábrica donde necesitaban personal con una sola idea en la cabeza: que le rechazaran, que le dijeran que ya habían contratado a otro. En fin, poder volver a su tranquilo refugio hogareño para poder seguir conectado y chateando. Enrique se iba repitiendo como una letanía: que tengan a alguien, que tengan a alguien, que tengan a alguien…

Cuando todos los aspirantes al puesto de trabajo habían pasado por la entrevista con el seleccionador de personal, la espera en el vestíbulo de la empresa se hizo eterna. Los fueron llamando uno por uno y el último en pasar fue Enrique.

–   Don Enrique, se adecúa usted perfectamente al perfil que necesitamos. El puesto es suyo.

Gotas de sudor frío perlaron su frente como gotas de mercurio, la garganta le quedó taponada por un nudo, sus labios formaron una especie de mueca que les dio la apariencia de culo de gallina desplumada. Hasta que pudo por fin emitir un sonido gutural, un ruido apenas equiparable a una palabra. Noooooo.

–   No puede ser – dijo Enrique – no podré realizar éste trabajo. Mi padre está muy enfermo, en el hospital. Apenas le quedan días de vida tras una larga enfermedad.

Enrique no quería aceptar un puesto de trabajo que lo alejara de sus redes y de sus amigos de Facebook, que lo alejara de su vida… Saliendo ya de la empresa, aliviado y tranquilo, pues el trabajo se lo habían dado al segundo clasificado, en su móvil sonó la canción de moda de aquel verano. Miró la pantalla y leyó: “Llamando papá”. Descolgó y oyó la chillona voz de su padre:

–   Enrique, lo he conseguido. Acabo de llegar a Santiago de Compostela. He terminado por fin el Camino enterito, andando sin parar desde Barcelona, estoy hecho un chaval. Besos para tu madre, te quiero nen.

–   Te quiero papá – contestó Enrique – cuando puedas pon las fotos en el Facebook. Por aquí todo bien.

Pero la alegría a Enrique le duró poco. Al llegar a su casa vio que tenía una carta en el buzón. El membrete del Ministerio de Trabajo no le dió buena espina y cuando la leyó subiendo el primer tramo de escaleras hacia su piso, pensó que sería una buena opción seguir subiendo hasta la azotea para después tirarse al vacío. Era otra oferta de trabajo. ¿Qué podía hacer ahora? Debía presentarse esa misma tarde en una empresa para otra entrevista de trabajo. La mala suerte le perseguía.

Esta vez, no dejó que la entrevistadora acabase el cuestionario previsto para los aspirantes. Enrique le dijo directamente que no podía aceptar el puesto. Que su pobre madre con alzheimer era totalmente dependiente de él. Que dejarla sola en casa, en estos momentos, era como dictarle una sentencia de muerte segura. Tan conmovedora fue su explicación que, entre lágrimas, la entrevistadora lo acompañó a la salida rodeando sus hombros y despidiéndole con un fuerte abrazo. De camino a casa pasó por el gimnasio más famoso de la ciudad donde la juventud y la no tan juventud esculpía sus cuerpos musculosos. Allí, en la puerta, esperó la salida de su madre que ejercía como monitora de spinning, la cual, al salir acompañada de dos jóvenes de camisetas ajustadas le saludó, le dio un beso y le dijo que no le esperase pues se iba con esos dos amiguitos a tomar unos cócteles.

Había sido un día duro para Enrique, su forma de vida había estado en peligro, y en su mente no tenía otra idea más que conectarse a Internet, abrir Facebook y el correo electrónico, dar un repaso al estado y actualizaciones de sus amigos, tratar de olvidar en suma ese día tan aciago que a punto había estado de chafarle su tranquila vida de internauta.

Y casualmente… navegando navegando por la red se topó con otra oferta de trabajo. Gracias a sus habilidades y manejo de las redes sociales encontró un empleo como “coatching manager”, para poder trabajar desde casa como administrador de cuentas de correo y de redes sociales de empresas, famosos, políticos, etc… Lo podía hacer desde su casa sin tener que desconectarse de lo que más le gustaba. Es decir, podría convertir en placer lo que de otra forma era una engorrosa obligación.

Envió sus datos por correo electrónico y dada su experiencia en poco tiempo tuvo contestación de que lo aceptaban para ése trabajo y fue así feliz durante mucho mucho tiempo. Y colorín colorado, éste cuento se ha acabado.

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