Pi, entretenimiento audiovisual


| CRÍTICA |

Muy pocas veces salgo del cine con la sensación de que gastar dinero en el 3D es una buena inversión. De hecho, en repetidas ocasiones marcho ligeramente mareado y con la idea de que ha sido un gasto nimio y excesivo. Sin embargo, La vida de Pi, la última película de Ang Lee, es un espectáculo de colores y fantasía que encuentra su único motor en el 3D. Un filme que basa todo su poderío en el entretenimiento audiovisual.

Escena de La vida de Pi. Fuente: Los35milímetros.

Escena de La vida de Pi. Fuente: Los35milímetros.

Nominada a un total de once Oscar gracias a las categorías técnicas, pero con la posibilidad de optar a dos de los más importantes -mejor película y mejor director-, y ganadora ya del Globo de Oro a la mejor banda sonora, la película del camaleónico director taiwanés es la adaptación cinematográfica de la obra de Yann Martel. Una adaptación que comienza con la madeja de vivos colores que desprende el zoo en el que vivía Pi, el protagonista, y cobra más fuerza visual todavía cuando éste tiene que sobrevivir en un bote en el medio del océano. Razones de peso para su nominación al Oscar a mejor fotografía.

La historia, el viaje al que se enfrenta Pi, es una aventura tanto física como religiosa. Y es que en plena adolescencia, con incertidumbres metafísicas y una fe en constante variación, se queda huérfano tras el naufragio del carguero en el que viajaba con su familia. Sin más compañía que un tigre de Bengala, y otros tres animales que pronto desaparecen, tiene que realizar todo un ejercicio de  fe, una prueba de superación en un pequeño bote a la deriva estancado en el medio de un gran charco. Así, sin mayor demora, confluyen las dos caras de La vida de Pi: el contenido religioso, que resulta pesado y vidrioso y resiste en la insignificancia, a pesar de la buena actuación de Suraj Sharma (Pi), y el espectáculo visual que Ang Lee es capaz de lograr con un bote flotando sobre una masa de agua y Richard Parker (el tigre de Bengala). Ya después, llega un insólito final.

Este discurso religioso, el mismo que provoca que su protagonista crea en Dios al final de su vida, es el aspecto negativo y molesto de un filme que quizás sea recordado por el espectáculo visual de la película, por la fantasía de su imagen, pero no por su sermón espiritualista. A pesar de competir por once Oscar, conseguir uno de los más importantes, ya sea mejor director o mejor película, es una empresa que se le antoja realmente oscura. Eso sí, su imagen, y su música también, son grandes aspirantes a recoger algunas de las estatuillas doradas que cada año se reparten en reconocimiento a los aspectos técnicos. Y es que La vida de Pi basa todo su poderío en la fantasía de la imagen, en el espectáculo del 3D. Es sólo entretenimiento audiovisual.

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Categorías:cine & TV

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