Sam Mendes. Cine y taquilla nunca antes se llevaron tan bien


REPORTAJE

Se trata de Dani en el equipo de futbol del instituto: Un partido de campeonato. Perdíamos por seis puntos, quedaban diez segundos y solo cuatro yardas, y ¡Dani placó a su propio quarterback!                                                                                                                                       Errores. Todos los cometemos. Dios lo sabe.”  (John Rooney, Camino a la Perdición)

El cine, tal y como lo conocemos hoy, podría tener una historia muy diferente si por el camino no se hubiesen cometido muchos errores. Dirigir o producir películas es, al margen del prejuicio romántico que muchos puedan tener, algo tan sencillo como saber elegir. Pero cuando el ser humano tiene que decantarse por una opción en detrimento de otra, no siempre acierta. Seguro que la breve historia de la democracia les puede traer a la memoria más de un ejemplo. En el caso del séptimo arte, pocos recuerdan sin embargo las equivocaciones cometidas por cineastas y muchos los aciertos. Algunos de esos aciertos jamás podrían haberse realizado sin un error previo.

Paramount Pictures estuvo planteándose seriamente la posibilidad de despedir a Francis Ford Coppola durante todo el rodaje de  El Padrino. A la productora no le parecía nada bien la peculiar visión de Coppola sobre la novela de Mario Puzo y peor aún que  apostase por un Marlon Brando en horas bajas y el desconocido y aparentemente apocado Al Pacino. Gracias al error de cálculo de la Paramount y a la tozudez del director, hoy podemos disfrutar de dos de las interpretaciones más memorables de la historia del cine.

Steven Spielberg, con la excusa de su cercanía con el pueblo hebreo, decidió convencer a Martin Scorsesse para intercambiar el proyecto de la película La Lista de Schindler por El Cabo del Miedo. Aunque a Scorsesse no le quedó un mal remake de El Cabo del Terror, la diferencia de calidad entre una y otra es abismal y sería fácil culpar al director italoamericano de haberse equivocado. Ese error por tanto es el culpable de que fuese Spielberg quien llevase la historia de Oskar Schindler a la gran pantalla y lo cierto es que nadie, ni siquiera el mismísimo Billy Wilder –del que todavía se especulaba que volviese al oficio para liderar el proyecto- podría haber contado mejor el relato del empresario alemán.

Como en estos ejemplos, el director del que trata este reportaje también nació de un error, aunque habrá que tener en cuenta algún que otro factor más para comprender los motivos y circunstancias de su alumbramiento.

Corría el año 1999 y la parte afortunada del mundo disfrutaba de uno de esos -hoy en día lejanos- periodos de bonanza en los que el capitalismo parece tener la fórmula perfecta para dar felicidad al pueblo. En Estados Unidos, más allá del remoto conflicto del Kósovo, no había rasgos de batalla contra Oriente Medio y lo único que podía preocupar a un ciudadano de la creciente clase media era el inminente y fantástico Efecto 2000. En este contexto lo normal es que la cultura sea un fenómeno autocomplaciente, más aún en el caso de la industria cinematográfica cuyo modelo de negocio multinacional se sostiene gracias a la estabilidad económica y sus mensajes suelen ser mucho más evasivos que combativos, buscando conflictos en la fantasía, en periodos lejanos o en casos aislados de individuos concretos que no ponen en duda la viabilidad del status quo social (Ejemplos de esta tendencia en aquel año reflejados en la industria norteamericana son Stars Wars Episodio I, Las Normas de la casa de La Sidra, El Sexto Sentido, La Milla Verde, Inocencia Interrumpida…). Sin embargo, en los albores del cambio de milenio, la sociedad «había perdido algo» y al igual que Lester Burnham al comienzo de la película American Beauty, «no siempre se había sentido tan apática».  El sueño americano que la clase media estaba viviendo iba a ser perturbado por esta película, como la crítica se hartó de decir en todas las reseñas que se le hicieron, y en este caso, no íbamos a ser menos. Pese a ello, hay que volver a subrayar que el caldo de cultivo para este filme era el idóneo y por ello 1999 es el del nacimiento de sátiras como las series Padre de Familia, South Park y  películas de culto como Magnolia, de Paul Thomas Anderson o el controvertido largometraje dirigido por David Fincher que adapta a la perfección la novela de Chuck Palahniuk  El Club de la Lucha.

Sin título

Sin embargo, nos quedaremos con la primera película mencionada, no sólo porque este reportaje está centrado en su director sino porque es sin duda la más representativa de este contexto y la que más trascendió en su momento dentro del panorama social norteamericano, obteniendo por unanimidad el favor de crítica y público. Pero como ocurrió con la película de Coppola citada al principio, nadie imaginaba ni remotamente el éxito que el filme iba a tener.

Dreamworks, el Estudio formado en 1994 por Steven Spielberg, junto al exiliado de Walt Disney Jeffrey Katzenberg y al fundador de la compañía discográfica Geffen Records, David Geffen, había tocado techo en 1998 con la película Salvar al Soldado Ryan, que supuso un éxito de galardones y taquilla apabullante. Por este motivo la productora no tenía necesidades comerciales que cubrir y apostar por un proyecto con menos posibilidades de éxito en taquilla, pero que pudiese obtener cierto reconocimiento entre el público cinéfilo más minoritario, era una opción viable.  Un guión de Alan Bell llegó a la compañía de la mano de dos productores(Dan Jinks y Bruce Cohen) que más tarde nos traerían al cine la conocida y entrañable película de Tim Burton Big Fish, pero que hasta ahora no habían colaborado en ningún proyecto de renombre y sólo venían arropados por una buena historia. La historia igualmente estaba escrita por un guionista que había trabajado en televisión sin demasiado prestigio hasta ahora, pero Steven Spielberg supo apreciar el potencial del magnífico guión y tomo una decisión acertada: El director estadounidense leyó el guión un sábado y el próximo lunes ya había desembolsado doscientos cincuenta mil dólares por él.

Sin embargo, no todos tuvieron el acierto de Spielberg, Dios lo sabe. Hubo un número de directores muy elevado que rechazó el proyecto, entre ellos el conocido Monty Python, Terry Gilliam. Es entonces cuando aparece en escena el nombre de Samuel Alexander Mendes, más conocido como Sam Mendes. El realizador de origen británico había llegado a la fama por dirigir en el teatro londinense con mucho éxito algunos musicales clásicos como Cabaret y Oliver. Además adaptó para la televisión británica las obras Cabaret y Companny, lo que le dio el prestigio suficiente para continuar su carrera en Broadway. Varios de sus actores en estas obras fueron galardonados con algún premio Tony, lo que ya anunció no sólo su buena capacidad para dirigir a los actores si no su intuición a la hora de hacer el casting, que prácticamente brillará durante toda su carrera. Más allá de los dos trabajos que había hecho para la televisión británica, Hollywood no tenía mucha constancia de que el talento que Mendes había demostrado en el teatro neoyorkino fuese aplicable al cine. Dreamworks ofreció el papel al británico desesperada ante tantas negativas y con la condición de que no se tocase ni una coma del guión. Sam Mendes, convencido de que quería dirigir la historia de Alan Bell volvió a leer por segunda vez el guión antes de que le diese tiempo a dar el sí a la productora, fascinado por las emociones que le había causado.

Samuel Alexander Mendes.

Samuel Alexander Mendes

Nadie auguraba todavía el éxito que supondría la película, ni siquiera la productora que destinó un presupuesto de tan sólo 15 millones de dólares para la producción, mucho menos de lo que habían gastado en cualquier película hasta entonces. Ajustándose a ese presupuesto comenzaron a alejarse de los errores y llegaron las decisiones sabias, como la decisión de nombrar director de fotofrafía a Conrad L. Hall, un viejo rockero que por aquel entonces no vivía sus días más dorados pero que había hecho un trabajo excelente en muchas películas renombradas como por ejemplo Dos Hombres y un destino o La Leyenda del indomable. Otra decisión que marcará la diferencia en la película será la de incluir la música de Thomas Newman, uno de los compositores más exitosos del cine desde los 80 hasta la actualidad. En el apartado del reparto, los aciertos iban llegando más despacio. Sam Mendes tenía claro desde el principio que quería a Kevin Spacey en el papel de Lester, pero la productora estaba en contra de darle el papel y trató de boicotear la elección de Mendes ofreciéndolo a Tom Hanks y a Chevy Chase, aunque ambos declinaron la oferta. Probablemente Chase, tras el resultado final de la película no se sienta especialmente orgulloso de su rechazo. Pese a todo, el reparto ideado por Mendes acabó formando parte de la película y tras el sí de Spacey, Annette Bening que también era la primera opción de Mendes aceptó. El resto de papeles fueron resueltos sin muchos más problemas reseñables y con un acierto igualmente pleno.

Lo que queda de la historia lo pueden ver en los 120 minutos de metraje que American Beauty ocupa. La vida de Lester Burnham, un hombre desengañado ante el fracaso que supone formar parte de una sociedad basada en las apariencias y la frustración, conmocionó a los espectadores.  Nadie podía suponer el talento imaginativo y visual que Sam Mendes iba a mostrar en el rodaje. La reiteración de las rosas durante toda la película como símbolo de la belleza alcanza un clímax memorable en la imaginación de Lester cuando Ángela (interpretada por Mena Suvari) aparece en la cama cubierta de flores. Desde el principio de la película en el que Lester comienza anunciando su muerte (siguiendo el estilo narrativo de algunos clásicos como los aclamados filmes de Billy Wilder, Perdición o El Crepúsculo de los Dioses) hasta el final de la misma se suceden planos que no dejan indiferente al espectador. Sin duda uno de los que ha pasado a formar parte de la iconografía del cine moderno es el que conjuga los movimientos de una bolsa de plástico junto con la característica banda sonora y las reflexiones del joven y enigmático vecino Ricky Fitts interpretado por Wes Bentley. Esta secuencia, al igual que todas las grabadas con cámara digital, fue realizada por el propio Mendes cámara en mano. Casi todos los planos que aparecen grabados con esta cámara sintetizan y simplifican el concepto de belleza que la película pretende mostrar.

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El final de la película, el que comenzó cuando la gente terminó de ver los 120 minutos, hizo el film todavía más grande. Probablemente la elección contra todo pronóstico de los jurados que otorgaban premios tan importantes como los Oscar, BAFTA, Globos de Oro o National Board of Review (por mencionar algunos) de premiarla en casi todos los aspectos que se puede premiar una película fue la que más marcó su repercusión social. Gracias a ello, los 15 millones de dólares iniciales que proporcionó Dreamworks se convirtieron en la friolera cantidad de más de 350 millones. Pero no nos engañemos, la unanimidad en los premios no fue fruto de la casualidad, American Beauty es una obra maestra. Más allá del mensaje y la forma de contarlo, la película resulta entretenida, graciosa y bella de principio a fin prácticamente a cualquier tipo de público. Gracias a ello Sam Mendes, galardonado en el apartado de Mejor director en los Oscar y en Toronto, se encumbró en el mundo de la industria cinematográfica, con tan sólo una película realizada dentro de él.

Después de un triunfo tan rotundo, los ojos de Hollywood estaban muy atentos a los movimientos de Mendes. Pese a que lo normal en la carrera de un director es que con el tiempo vaya aprendiendo y mejorando, tras un comienzo así se podría esperar que su próxima película no estuviese a la altura. Por si acaso podía evitarse, Dreamworks le dio más libertad ampliando sus labores también en la producción y le ofreció la adaptación de una serie de novelas gráficas escritas por Max Allan Collins e ilustradas por Richard Piers Rayner bajo el título de Camino a la perdición. La novela contenía un drama familiar de cine negro al puro estilo de la tragedia clásica que podía ser un buen experimento formal para el cineasta al introducirse por primera vez en el género. Además, una vez que la fiabilidad de Mendes estaba asegurada, cualquier decisión era fácil de tomar. La productora aportó 80 millones de dólares para el proyecto. Gracias a ellos pudieron contar –esta vez si- con Tom Hanks y con el último papel que nos dejó Paul Newman para la historia. El resto del reparto también funcionaba como la seda bajo la dirección de Mendes y el sello personal del director lo ponen la reelección de Thomas Newman para el apartado musical y Conrad L. Hall como director de fotografía. Música e imagen tendrán un peso muy importante en la narración, puesto que cuenta la historia sin hacer mucho uso del diálogo, ya que los personajes interpretados por  el prácticamente recién salido de las TVmovies Daniel Craig y Tom Hanks son tipos más de actuar que de hablar. En concreto para la imagen, el director buscó inspiración en los cuadros del pintor norteamericano Edward Hoopper, aunque muchos de los planos están sacados directamente de los dibujos del cómic dando como resultado una sucesión de imágenes sobrias, con predominio de tonos oscuros y con un papel mucho más determinante del juego entre luz y sombra que en su primera película. Pese a estos cambios, Mendes acaba creando una estética bastante reconocible, con una fusión equilibrada entre el clasicismo fotográfico y las innovaciones técnicas y un enfoque centrado siempre en el ser humano como centro de todo.

La historia, pese a que sigue un esquema similar a otras grandes obras del género, toma personalidad al estar contada desde la perspectiva del niño en lugar de la del gánster, pero parte de desventaja por salir después de películas que ya habían dejado poco que innovar en el cine noir posterior a los años 50, como El Padrino, Muerte entre las Flores, Goodfellas o Los Intocables de Eliot Ness. Aún así, la suma de toda la parte visual que hemos mencionado antes junto a las sobresalientes interpretaciones, unos diálogos magníficos y una conclusión en la que Mendes vuelve a desplegar un poderío visual asombroso, dejó con buen sabor de boca al público y la crítica, que exaltó su calidad en todo momento, aunque los premios y los millones no cayesen con tanta facilidad como en su película anterior. En el caso de los premios-que no las nominaciones- probablemente también le pesó la desventaja temporal con respecto a American Beauty. De todas formas, recaudó más de 180 millones de dólares, lo que sigue significando unos beneficios exitosos y obtuvo varios premios a la mejor fotografía, entre ellos el único Oscar que ganó la película. Sam Mendes fue galardonado esta vez en Venecia como mejor director. Hablar ahora de él ya era hablar de un director consolidado, de un experto. Nadie cuestionaba que Mendes era uno de los nacimientos cinematográficos más importantes para el cine comercial que el siglo XXI había traído.

Para que Mendes filmase de nuevo habría que esperar hasta el 2005. Durante los tres años que pasan desde que estrena su anterior filme, se dedica a su trabajo en Broadway, tarea que prácticamente no abandonará nunca. Mientras tanto, el mundo entero asiste a un cambio radical en las políticas de seguridad globales liderado por Estados Unidos. Tras los atentados del 11 de Septiembre, se invaden Afganistán e Irak y se crea e identifica claramente un terror en la sociedad americana: el enemigo oriental preparado para atacar en cualquier momento, en cualquier parte del mundo. Bajo esta sospecha, la guerra llega a ser perfectamente aceptada por los norteamericanos pero, ¿es que ya nadie recuerda lo que la guerra significa?

Twin-Towers

Sam Mendes vuelve a capturar la resignación de la sociedad americana como lo hizo en su primera película, aunque esta vez con un resultado más irregular. Jarhead, su tercer largometraje estadounidense, está ambientado en la Guerra del Golfo, pero es perfectamente extensible a lo que ocurre en cualquier guerra moderna actual y en particular, a lo que estaba ocurriendo en USA a mitad de la década pasada. Para elaborarla, Mendes fichó por Universal Studios, quienes pudieron depositar bastante confianza en él viendo la trayectoria que le antecedía, aunque no la suficiente como para producir una película bélica, género al que el director no estaba hecho. Gracias a esa confianza parcial, pudo elegir a los mejores para su equipo como ya acostumbraba a hacer en sus anteriores films. Para suplir la triste baja por defunción del director de fotografía Conrad L. Hall, Mendes fichó a uno de los operadores de cámara más respetados de la última década, Roger Deakins, que se ganó su prestigio trabajando para los Cohen y en algunas películas tan reconocidas como Cadena Perpetua o Una Mente Maravillosa. El apartado musical fue nuevamente encargado a Thomas Newman y el reparto volvió a ser sorprendente y acertado. Jake Gyllenhaal y Jamie Foxx no eran todavía estrellas pero  se habían ganado cierta celebridad al hacer algunos papeles secundarios decentes y sobre todo, al dejarse la piel en representar al complicado protagonista de una película exitosa: Donnie Darko y Ray respectivamente.  La credibilidad de todo lo que sucede en Jarhead viene otorgada por el talento interpretativo de ambos.

La historia, basada en la novela homónima de Anthony Swofford, fue adaptada por William Broyles Jr, guionista de Náufrago y cuenta en primera persona lo que un marine vive cuando es enviado a la Guerra del Golfo. Muy lejos de lo que acostumbramos a ver en el cine bélico, aquí no hay grandes batallas repletas de muertes y efectos especiales. La película cuenta una realidad bien distinta: los días pasan, la distancia con la vida anterior aumenta y el grupo de compañeros que te rodea cada vez está más cerca y a la vez más desengañado con su absurdo papel en la guerra. Los días se van amenizando de cualquier forma, intentando mantener la cordura, pero lo cierto es que no pasa nada.

Esa es probablemente la pega que más repitieron los críticos que, tras ver Jarhead, pusieron cara de estar masticando un limón y repitieron hasta la saciedad lo perecedera e innecesaria que era la cinta. Sin embargo, la película de Mendes es un retrato cercano e intimista de un equipo de marines, quizás con reminiscencias demasiado claras de obras capitales del cine como La Chaqueta Metálica o Apocalypse Now, pero que aporta una visión actualizada de la guerra como conflicto irracional en un momento en el que era necesario decirlo.

Aunque Jarhead no fue un fracaso comercial –obtuvo más de 25 millones de dólares por encima del presupuesto-, si que puso a Mendes en una situación ligeramente comprometida dentro de una industria en la que se mira con recelo al diferente. Las pretensiones artísticas de Mendes se alejaban de las de un artesano convencional de Hollywood y para su siguiente película estaba en el punto de mira, por lo que tuvo que volver a trabajar con papá y mamá: Dreamworks y la BBC. Pese a que ambos estudios habían cambiado bastante desde su partida -Dreamworks ahora pertenecía a Viacom y por la institución británica había pasado más de una década- en ellos encontró todo lo necesario para hacer una película que convenciese de nuevo a todos.

En la coproducción norteamericana-británica Mendes vuelve a desempeñar labores de producción. Para continuar con su línea cinematográfica, cuenta otra vez con la mayoría del equipo técnico que le acompañó en Jarhead pero por encima de todo, cuenta con una pereja excepcional: Leonardo Di Caprio y Kate Winslet.

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La pareja que el Titanic de James Cameron condenó al estrellato -pese a que sus papeles no estaban por encima del notable en esa ocasión- acabó granjeándose una carrera de las más interesantes de la pasada década y para su inesperado reencuentro en Revolutionary Road estuvo sublime.

La visión pesimista de Mendes alcanza en esta película su máximo explendor. Si bien es cierto que, salvo por la época, las similitudes entre el mensaje de esta película y American Beauty son más que obvias, en este caso el director no da tregua a ninguno de los protagonistas, y aporta una mirada más triste y menos cínica que en su ópera prima.

«Yo sólo quiero sentir cosas. Sentirlas de verdad. Como ambición no está mal ¿no?» –dice el jóven Frank Wheeler, anticipando lo que le pasará al espectador mientras observa las fatalidades de su matrimonio con April. No sólo eso, el espectador con esta película también parece anticipar la declaración de Mendes de hacer un cine cada vez más europeo, con un trato de los caracteres psicológicos mucho más profundo del que otorga a la acción. Sin embargo, la carrera del director británico parece estar siendo mirada por sí mismo, y en su próxima película habrá que poner en duda cualquier apariencia previa sobre él.

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Para la realización de Un lugar donde quedarse,  ya en el año 2009, Mendes cuenta con el apoyo de Focus Features y Big Beach Films, por lo que pretende claramente adscribirse al cine independiente, lo cual no sería incoherente teniendo en cuenta la trayectoria que llevamos contada. El problema de esta película es que Mendes parece tomarse su entrada a las pequeñas productoras como un debut en el cine.

El efectivo equipo técnico con el que había colaborado en sus anteriores películas queda fuera de los diecisiete millones de dólares con los que cuenta en este caso. Para remediarlo Mendes contrata como directora de fotografía a Ellen Kuras, que había hecho magníficos trabajos con algunos documentales musicales y otras películas interesantes de la productora Focus como Olvídate de Mí. El apartado musical se lo encarga al músico de indie-folk Alexei Murdoch. Estas dos decisiones harán que el filme tenga una estética mucho menos reconocible en la filmografía de Mendes y más común al cine independiente estadounidense de la última década. Además de esto, los actores John Krasinski y Maya Rudolph, no tienen la presencia en pantalla de los anteriores castings utilizados por el director británico. A todo esto hay que sumarle un guión no especialmente lúcido, en el que la pareja protagonista se empeña en buscar un hueco entre la geografía estadounidense para  asentar una familia. Aunque la profunda mirada psicológica de Mendes está muy presenta en el filme, todos los factores anteriormente citados acaban produciendo una obra menor,  una comedia dramática que no llega a ser brillante en ninguno de los dos géneros y que se volatiliza entre la filmografía de Mendes del mismo modo que ocurrió entre el público que hizo de ella un fracaso comercial. Pese a que en este fracaso comercial tuvieron mucho que ver la mala distribución y la poca publicidad, no hay que restarle culpa a la película de Mendes, que es sin duda, la más floja que ha realizado hasta ahora.

Y bien. ¿Qué pasa cuando el niño prodigio del cine comercial acaba fracasando en el cine independiente? Como mínimo, hay que tomar distancia y replantearse cómo se ha llegado hasta ahí. Desde el principio de su carrera Mendes ha estado haciendo cine comercial que tonteaba con un cine más minoritario. Tras Revolutionary Road parece que terminará decantándose por el segundo. Pero visto el tropezón de su siguiente película, el director británico acabará agachando un poco las orejas y ve claro que tiene que volver al cine que le hizo triunfar.

skyfall

Tendremos que llegar hasta la actualidad para que Mendes regrese de la mano de un nombre cuya acepción principal bien podría ser “éxito en taquilla”. Ese nombre es Bond, James Bond y  este año cumplía medio siglo desde que fuese transportado de las novelas de Ian Fleming hasta la gran pantalla. Para celebrar el aniversario como se merece, el director británico tenía por delante la dura tarea de mantener viva la historia de un agente que lleva ya más de 20 películas a sus espaldas, siendo interpretado por cinco actores diferentes. Pero lo cierto es que las historias de Bond que nos han contado en el cine parece que siempre consiguen fascinar al público con facilidad. El propio título auguraba que  Skyfall iba a ser una película caída del cielo para su director.

Desde el pasado mes en que se estrenó, ya lleva recaudados más de ochocientos mil millones de dólares. Esta cifra habla por sí sola sobre la reconciliación de Mendes con el cine comercial. Pero la cifra no es sólo algo que agradecer a la herencia del agente 007. Sin ir más lejos, las dos anteriores entregas de la saga recaudaron poco más de quinientos millones de dólares, una cifra elevada pero notablemente inferior a la recaudación de Skyfall. Esta taquilla viene de seguro propiciada por los dos nombres que ponían el sello de garantía de calidad a la película, por un lado el director británico, por otro el laureado actor español, Javier Bardem.

Bardem, en el papel de malvado de la película se encuentra tan cómodo como lo hiciera interpretando al deshumanizado Antón Chigurh en la película de los Coen, No es país para viejos, que le sirvió para ganar un Oscar. Y es que parece que el actor español haya nacido para causar maldad en la pantalla. Sam Mendes, haciendo gala de su buen ojo para elegir actores, coordinó la preparación del guión de la película pensando en Bardem desde el primer momento, y gracias a ello ha marcado la diferencia en la saga. Aunque no solo Bardem da importancia a esta película. La historia del Agente Británico ha sido repensada y adaptada para los tiempos que corren, lo que le ha aportado una credibilidad notable en la pantalla. Además, la actuación de Craig -que ya había trabajado a un nivel muy interesante bajo las órdenes de Mendes en Camino a la perdición- es probablemente, la mejor que ha realizado el actor hasta ahora en su intepretación de Bond.

La guinda estética de la cinta la pone el que fuera equipo de confianza de Mendes en películas anteriores a su incursión en el cine independiente, Roger Deakins dirigiendo la fotografía y Thomas Newman la composición musical. Gracias a todo este equipo, durante los 143 minutos que se mantiene encendida la pantalla se suceden planos redondos, con una fotografía clásica y muy impregnada de sombras y contraluces, casi tantas como las que aparecen en la carrera del agente británico. Aunque la calidad de la película es alta y más aún si la circunscribimos a la saga Bond, es cierto que en ella no queda demasiado del psicoanálisis de sus anteriores obras ya que no estamos acostumbrados a ver al director a los mandos de una película de acción, pero la construcción de los personajes está totalmente a la altura de la trayectoria del director británico.

Así es como queda Sam Mendes en la actualidad. Reconciliado con la crítica, recaudando todavía millones de dólares por Skyfall y con un futuro que genera una gran incertidumbre. En los últimos días, algunos rumores hablan de que podría ser el director de la película que haga competencia directa a Los Vengadores de Marvel.  DC Comics planea llevar a la gran pantalla La Liga de la justicia, en la que Superman, Batman y Linterna Verde compartirían pantalla y Sam Mendes podría estar a cargo del trabajo una vez vistos los buenos resultados que ha dado en el cine de acción. De esta manera Mendes podría seguir los pasos de su compatriota Cristopher Nolan, quien se ha acabado vinculado totalmente al cine de acción con premisas y personajes profundos e inteligentes, gracias sobre todo a su aclamada trilogía de Batman. Si bien es cierto que las similitudes entre ambos directores en sus orígenes son pocas, las pretensiones comerciales de ambos los han llevado a un punto convergente, en el que la elevada dosis acción de las películas es la excusa y el hilo conductor para que otras cualidades previas del director lleguen con brillantez a todos los públicos. Quizá Mendes opte por realizar algún proyecto más personal ahora que ha vuelto a garantizar su fiabilidad en taquilla. La clase media actual no pasa por su mejor momento y no estaría de más que alguien filme una película que diseccione el drama personal y familiar al que algunas personas puedan estar siendo arrastradas con la crisis capitalista.

No sabemos cuál será el camino que tomará el director británico, pero lo que si sabemos es que su carrera apenas ha comenzado y ya ha generado unas cuantas películas convertidas en clásicos instantáneos del cine. Confiamos en que todavía queda mucho Sam Mendes para rato y que el hombre que nos enseñó que había vida debajo de las cosas, vuelva a descubrirnos algún día la belleza en cualquier otro lugar inesperado.

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Categorías:cine & TV

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1 respuesta

  1. Impresionante. Magnífico. Realmente genial.

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